Corpus.

Sentía la sangre correr por sus mejillas. Las manos totalmente teñidas de un rojo intenso, ese color que años de evolución han calificado como doloroso. No sabia dónde estaba o qué hacia allí y lo que es peor, cuánto tiempo llevaba  en ese estado de total y absurda perdición. Alzó la vista por un momento, y observó petrificado aquel cuadro donde Cristo sollozaba desconsolado en brazos de su madre. Le hizo recuperar la compostura. A su derecha un sillón de cuero de color granate sobre una alfombra con estampados arabescos, bajo ella, el suelo de linóleo brillante como la luna en su fase más luminosa. Aquello debía ser una pesadilla, no era posible tal situación, por que él no era así. ¿Pero quién era?

Miró tras cada una de las tres puertas que había en la casa, tres simples puertas, el tiempo se hizo eterno hasta que encontró un baño, una solitaria bombilla temblorosa y un espejo marcado con la suciedad del tiempo eran lo único que adornaban ese diminuta habitación. El reflejo que vio en el espejo era el de un hombre acabado, un perturbado que había cometido un salvajada en un acto de locura. Las mejillas huesudas, la mandíbula ancha y unos ojos indiferentes formaban un rostro que gritaba por acabar con su vida.

Una vez las manchas de sangre más llamativas fueron limpiadas, se puso una chaqueta una talla más pequeña que encontró en el suelo detrás del sofá, y con ella ocultó las manchas de rojas que en su camisa le indicaban cual debía ser su destino. Giró el pomo dorado de la puerta principal, y salió a un pasillo eterno como un día de verano. Tenía que conseguir salir de ahí por todos los medios.

Tras luchar durante largo tiempo contra su propio cuerpo, encontró la manera de salir, ante él se alzaba un pasillo enorme, decorado con baldosas rojizas en el suelo, parecía que la sangre, lo rojo, lo perseguía allá donde fuere. Sólo podía pensar en huir, no quedaba tiempo para averiguar qué hacía allí o dónde cojones estaba. Como un animal herido que trata de zafarse de su depredador, corría. El retumbar de sus pisadas se le clavaba en el el cerebro, le traspasaba todo su cuerpo y acaba por arderle hasta en el alma.

Bajó las escaleras por pares, saltaba de tres en tres. Por momentos parecía que volaba. Los escalones acabaron por desaparecer bajo sus pies. Eso era todo. Paró en seco, estaba frente a un enorme espejo de lo que parecía el vestíbulo de un lujoso edificio. Desesperado golpeó el espejo, aquello le recordó la sangre en sus manos, lo incoherente de ésa maldita situación. Al reflejo de la luz que entraba de la calle, vislumbró en el espejo un papelera metálica en la que encontró unos papeles que usó para tratar de eliminar lo mejor posible de sus manos aquella sustancia roja seca que todavía las manchaba.

De repente el suelo se puso a temblar, un ruido ensordecedor empezó a tronar en el vestíbulo. Parecía provenir de la calle. Cada vez más cerca, más brutal. Podía sentir como se meneaban las tripas por las ondas dentro de su propio cuerpo. Aquello fuera lo que fuera estaba cerca, era el momento de salir y enfrentarse. Giró el pomo plateado de la enorme puerta que coronaba el vestíbulo. Salió y allí estaba. Recordaría aquella imagen dantesca durante el resto de su miserable existencia.

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