El nocturno.

El nocturno.

La luna iluminaba la cuidad creando imponentes sombras a lo largo de la orilla del río, era entonces cuando el escritor, llamado por una fuerza sobrenatural sentía que era el momento de sacar sus sucios papeles manchados de frustración y pesadumbre para enfrentarse de nuevo ante su más temido enemigo: el blanco. Pensando que podia ser uno de los grandes, alguien diferente, el nocturno se sentaba, cogía su pluma como si fuera a dirigir la orquesta, pero no salía nada, solo el blanco impoluto que desde abajo le reflejaba mucho más que la falta de inspiración, era una nueva derrota, era otra muesca en el revolver de un perdedor acostumbrado al fracaso, igual que un boxeador de segunda se acostumbra a sentir la frialdad de la lona en sus pómulos ensangrentados combate tras combate.

El nocturno pensaba sacar a relucir su verdad a cualquier precio, alguna noche tendría una pequeña dosis de inspiración, la justa para poder revelar a todos cuáles eran los motivos de su falta de talento. Debía disculparse ante el mundo por haber intentado escribir sin tener talento, buscaba en su cabeza las palabras, pero no salían. Le habían negado la mayor de las libertades que puede tener un hombre corriente, escribir para no caer en la locura. Parecía sencillo, pero bien sabía él que no lo era, andando sobre el filo del acantilado de la cordura, un paso más allá y le esperaba una caída irreversible hacia lo más profundo de la sinrazón humana; un paso más acá y se convertiría en un tipo corriente, de esos que pasan por la vida sin ninguna ambición. El nocturno era consciente de sus limites, sin embargo la ambición de hacer algo para regalarle al mundo le hizo pasarse noche tras noche luchando contra el blanco, atacando con la pluma ése maldito papel que le negaba la libertad.

Nunca consiguió nada, el papel permaneció en un blanco impoluto noche tras noche, mañana tras mañana, dolor tras dolor sin que pudiera remediarlo. Hasta que un día todo se tornó negro, el papel se bañó en tinta escarlata, el nocturno había perdido la pelea definitiva pero aquellos garabatos involuntarios fueron la mayor obra que escribió jamás. Aquellos versos rojos, fueron los únicos cargados de verdad que pudo expresar durante toda su vida, impregnados en la única verdad que existe para todos: la muerte.

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