Amor, tiempo y muerte.

Se reflejaban en el cristal de sus ojos todas las terribles ideas que una vez acompañaron su vida, empañaba su alma el vaho de aquel recuerdo que se le clavaba cuando las manillas de su corazón marcaban el momento eterno que se desvaneció como arena entre los dedos del destino.

Amor, tiempo y muerte como forma de vida, adornada por las sonrisas perennes y las miradas cómplices que huyeron de la cárcel para encontrar un lugar mejor donde no había dolor, y el sufrimiento se transformó en pájaros de seda que volaban alto entre las nubes blancas que dormían en el mar de aquellos ojos.

La sábana de su sonrisa escondía el terrible secreto de su corazón, el ímpetu etéreo, alcanzado por la vanidad humana tratando de mantener la eternidad que da lo único, aquello que es para siempre.

Amor, tiempo y muerte como forma de vida, adoctrinando a nuestros miedos para poder saltar al vacío, y en ese momento cuando se abre el paracaídas, el aire puro de la verdad riegue nuestros marchitos pulmones deseosos de calor y al aterrizar no exista nada, salvo tu frente a la vida.

Flotaron nubes negras y sobre el océano del pasado se hallaban esparcidos las decisiones que no tomamos cuando debimos, de las que huimos y no quisimos saber, cuando mandamos a la horca a nuestros temores y dejamos todo en manos de unos campesinos hambrientos de victorias y sedientos de amor.

Amor, tiempo y muerte como forma de vida.

Que el mañana nos pille confesados y hagan olvidar nuestros pecados, los errores imperdonables que lastran nuestra existencia, bajo el sol que ilumina cada día nuestros pasos ante el devenir oscuro de cada momento elegido con sabiduría para saltarnos las leyes divinas de cada corazón caído por la falta de la luz pura y sanadora que da el amor.

Amor, tiempo y muerte como el corazón que se tropieza con una mirada.

Amor, tiempo y muerte como la electricidad que recorre tu cuerpo cuando vives con intensidad cada momento.

Amor, tiempo y muerte como motivos de guerra y razones para la paz.

Amor, tiempo y muerte como un beso del pasado que no volverá.

¿Recuerdas la última vez que miraste el reloj?

¿Recuerdas la última vez que fuiste guiado por tu corazón?

¿Recuerdas la última vez que dejaste de vivir?

Amor, tiempo y muerte. 

 

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Ansiedad

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Esta acertada imagen trata de representar a la ansiedad. La ansiedad hace que veas la realidad distorsionada, te llena la cabeza de pensamientos incoherentes, te nubla el sentido. Hace que te alejes de lo bueno que hay en la vida; te rompe en mil pedazos hasta hacerte desaparecer. Agarra aquello que más quieres y lo destruye hasta reducirlo a cenizas, después te juzga, te castiga y te tortura por ello. La ansiedad es como el diablo, su mejor arma es invitarte a pensar que no existe, es una batalla continua en la que casi siempre gana.

Por las noches.

Cuando cae la noche, la realidad se transforma. Las almas mutan hacia su punto de fascinación óptimo buscando todo aquello que se les escapa durante el día.

Revolotean entre los recuerdos, tratando de zafarse de aquello que las arrastra al lodo. Huyen de lo mundano para alcanzar la cumbre de sus deseos representados por los momentos donde lo idóneo y lo real coinciden. Es en la oscuridad cuando aparecen de la nada las figuras ocultas tras el muro de lo cotidiano, allí consiguen su objetivo: descansar de la decadencia impregnada de absurdo en la que viven durante el día.

Por las noches, todos los gatos son pardos, todo lo que vemos es real, se caen las máscaras, aparecen los monstruos, vuela la imaginación, y florecen las mentiras.

Recuerdos

Los recuerdos son afilados cuchillos que te apuñalan y dejan que te desangres en un callejón oscuro mientras esperas que te salven, pero ya no.

Tienes que curarte la herida, caminar malherido y esperar a que vuelva a salir el sol y esta vez, quizás, la noche no te dañará cuando vuelva a caer, cuando nada vuelva a ocurrir.

Huracán

Ella era como un huracán, no dejaba nada intacto a su paso. La tormenta perfecta de su sonrisa hacía temblar los cimientos de tu existencia si tenías la suerte de cruzarte con ella. Su mirada provocaba tsunamis en el corazón cuando se acercaba a la orilla de tu vida.

No era de este planeta, tampoco de nuestra época, debió venir desde muy lejos porque nunca me encontré con nadie igual. La historia la recordará como un tifón de emociones que sobrepasa a cualquier humano.

Yo la ví pasar, no dejó nada.

 

 

 

El nocturno.

El nocturno.

La luna iluminaba la cuidad creando imponentes sombras a lo largo de la orilla del río, era entonces cuando el escritor, llamado por una fuerza sobrenatural sentía que era el momento de sacar sus sucios papeles manchados de frustración y pesadumbre para enfrentarse de nuevo ante su más temido enemigo: el blanco. Pensando que podia ser uno de los grandes, alguien diferente, el nocturno se sentaba, cogía su pluma como si fuera a dirigir la orquesta, pero no salía nada, solo el blanco impoluto que desde abajo le reflejaba mucho más que la falta de inspiración, era una nueva derrota, era otra muesca en el revolver de un perdedor acostumbrado al fracaso, igual que un boxeador de segunda se acostumbra a sentir la frialdad de la lona en sus pómulos ensangrentados combate tras combate.

El nocturno pensaba sacar a relucir su verdad a cualquier precio, alguna noche tendría una pequeña dosis de inspiración, la justa para poder revelar a todos cuáles eran los motivos de su falta de talento. Debía disculparse ante el mundo por haber intentado escribir sin tener talento, buscaba en su cabeza las palabras, pero no salían. Le habían negado la mayor de las libertades que puede tener un hombre corriente, escribir para no caer en la locura. Parecía sencillo, pero bien sabía él que no lo era, andando sobre el filo del acantilado de la cordura, un paso más allá y le esperaba una caída irreversible hacia lo más profundo de la sinrazón humana; un paso más acá y se convertiría en un tipo corriente, de esos que pasan por la vida sin ninguna ambición. El nocturno era consciente de sus limites, sin embargo la ambición de hacer algo para regalarle al mundo le hizo pasarse noche tras noche luchando contra el blanco, atacando con la pluma ése maldito papel que le negaba la libertad.

Nunca consiguió nada, el papel permaneció en un blanco impoluto noche tras noche, mañana tras mañana, dolor tras dolor sin que pudiera remediarlo. Hasta que un día todo se tornó negro, el papel se bañó en tinta escarlata, el nocturno había perdido la pelea definitiva pero aquellos garabatos involuntarios fueron la mayor obra que escribió jamás. Aquellos versos rojos, fueron los únicos cargados de verdad que pudo expresar durante toda su vida, impregnados en la única verdad que existe para todos: la muerte.

Corpus.

Sentía la sangre correr por sus mejillas. Las manos totalmente teñidas de un rojo intenso, ese color que años de evolución han calificado como doloroso. No sabia dónde estaba o qué hacia allí y lo que es peor, cuánto tiempo llevaba  en ese estado de total y absurda perdición. Alzó la vista por un momento, y observó petrificado aquel cuadro donde Cristo sollozaba desconsolado en brazos de su madre. Le hizo recuperar la compostura. A su derecha un sillón de cuero de color granate sobre una alfombra con estampados arabescos, bajo ella, el suelo de linóleo brillante como la luna en su fase más luminosa. Aquello debía ser una pesadilla, no era posible tal situación, por que él no era así. ¿Pero quién era?

Miró tras cada una de las tres puertas que había en la casa, tres simples puertas, el tiempo se hizo eterno hasta que encontró un baño, una solitaria bombilla temblorosa y un espejo marcado con la suciedad del tiempo eran lo único que adornaban ese diminuta habitación. El reflejo que vio en el espejo era el de un hombre acabado, un perturbado que había cometido un salvajada en un acto de locura. Las mejillas huesudas, la mandíbula ancha y unos ojos indiferentes formaban un rostro que gritaba por acabar con su vida.

Una vez las manchas de sangre más llamativas fueron limpiadas, se puso una chaqueta una talla más pequeña que encontró en el suelo detrás del sofá, y con ella ocultó las manchas de rojas que en su camisa le indicaban cual debía ser su destino. Giró el pomo dorado de la puerta principal, y salió a un pasillo eterno como un día de verano. Tenía que conseguir salir de ahí por todos los medios.

Tras luchar durante largo tiempo contra su propio cuerpo, encontró la manera de salir, ante él se alzaba un pasillo enorme, decorado con baldosas rojizas en el suelo, parecía que la sangre, lo rojo, lo perseguía allá donde fuere. Sólo podía pensar en huir, no quedaba tiempo para averiguar qué hacía allí o dónde cojones estaba. Como un animal herido que trata de zafarse de su depredador, corría. El retumbar de sus pisadas se le clavaba en el el cerebro, le traspasaba todo su cuerpo y acaba por arderle hasta en el alma.

Bajó las escaleras por pares, saltaba de tres en tres. Por momentos parecía que volaba. Los escalones acabaron por desaparecer bajo sus pies. Eso era todo. Paró en seco, estaba frente a un enorme espejo de lo que parecía el vestíbulo de un lujoso edificio. Desesperado golpeó el espejo, aquello le recordó la sangre en sus manos, lo incoherente de ésa maldita situación. Al reflejo de la luz que entraba de la calle, vislumbró en el espejo un papelera metálica en la que encontró unos papeles que usó para tratar de eliminar lo mejor posible de sus manos aquella sustancia roja seca que todavía las manchaba.

De repente el suelo se puso a temblar, un ruido ensordecedor empezó a tronar en el vestíbulo. Parecía provenir de la calle. Cada vez más cerca, más brutal. Podía sentir como se meneaban las tripas por las ondas dentro de su propio cuerpo. Aquello fuera lo que fuera estaba cerca, era el momento de salir y enfrentarse. Giró el pomo plateado de la enorme puerta que coronaba el vestíbulo. Salió y allí estaba. Recordaría aquella imagen dantesca durante el resto de su miserable existencia.